15/06/2026
Los de Siempre
Como cada partido importante, se encontraron donde siempre.
El padre ya estaba esperando cuando el hijo llegó.
Apoyado contra la reja de siempre, con las manos en los bolsillos y la misma bufanda aurinegra que parecía haber sobrevivido a más temporadas que cualquier jugador.
—Llegaste tarde.
—Cinco minutos.
—Cinco minutos son cinco minutos.
—Y tú sigues igual de mañoso.
El padre sonrió.
Y juntos emprendieron el camino hacia el estadio.
A su alrededor avanzaban cientos de hinchas vestidos de amarillo y negro. Algunos cantaban. Otros caminaban en silencio, concentrados como si fueran ellos quienes iban a entrar a la cancha. Había niños con camisetas enormes y viejos que parecían haber visto pasar un siglo de derrotas, ascensos, promesas y desilusiones.
Uno de esos niños corría sujetando con fuerza la mano de su padre.
Y el hijo recordó.
Recordó la primera vez que cruzó esos mismos accesos.
Tendría seis o siete años.
No entendía las posiciones.
No entendía la tabla.
No entendía por qué tanta gente gritaba por once hombres persiguiendo una pelota.
Pero sí entendía algo.
La mano de su padre sujetando la suya para que no se perdiera entre la multitud.
—Mira bien —le había dicho—.
Esto no es solamente fútbol.
Entonces no lo comprendió.
Tardaría toda una vida en hacerlo.
Llegaron a sus asientos.
Los de siempre.
La pintura estaba más gastada.
Las graderías más viejas.
Pero la vista era exactamente la misma.
La cancha al frente.
La galería a un costado.
Y el padre sentado a su lado.
Como siempre.
El partido comenzó mal.
Como suelen comenzar los partidos importantes del Vial.
Pases errados.
Pelotas divididas.
Centros que terminaban en cualquier parte.
—Te dije que el mediocampo no funciona.
—Llevas diciendo eso veinte años.
—Porque llevo veinte años teniendo razón.
El hijo soltó una carcajada.
Y durante unos segundos dejó de escuchar el ruido de la tribuna.
Sólo escuchó esa voz.
La misma voz que le enseñó a andar en bicicleta.
La misma que lo acompañó cuando se afeitó por primera vez.
La misma que una Navidad apareció con un paquete enorme bajo el árbol.
La Navidad del 94.
El paquete más grande de todos.
Papel amarillo. Cinta negra.
Cuando lo abrió apareció una camiseta aurinegra con el número 7 estampado en la espalda.
No era original.
El escudo estaba ligeramente torcido.
La tela era gruesa y áspera.
Pero para él era la camiseta más hermosa del mundo.
Le quedaba enorme.
Las mangas le cubrían media mano.
Durmió con ella puesta aquella misma noche.
La usó en el colegio.
La usó en la plaza.
La usó para jugar fútbol hasta que el número comenzó a borrarse.
Y cuando finalmente se rompió, se negó a botarla.
Porque algunas camisetas dejan de ser ropa.
Se convierten en una forma de recordar quiénes somos.
El primer tiempo terminó empatado.
Fueron por café.
Como siempre.
Dos vasos.
Dos sopaipillas.
Se quedaron observando la cancha mientras el v***r escapaba lentamente hacia la fría noche penquista.
—¿Te acuerdas del ascenso? —preguntó el hijo.
El padre sonrió.
—¿Cuál de todos?
Los dos rieron.
Pero sabían perfectamente de cuál hablaban.
Collao repleto.
Veinte mil almas apretadas en las graderías.
No cabía un alfiler.
La ciudad parecía haber dejado de existir fuera de esos muros.
Aquella tarde Concepción era amarilla y negra.
Recordó a su padre abrazándolo antes incluso del pitazo final.
Recordó a hombres llorando sin vergüenza.
A desconocidos abrazándose como hermanos.
A la gente subiéndose a las rejas.
A los bombos retumbando en el pecho.
Recordó caminar durante horas buscando una micro para volver a casa.
Y recordó algo más.
A mitad del trayecto, agotados, afónicos y felices, su padre se había detenido, lo había mirado y había dicho:
—Acuérdate de esto.
—¿De qué?
—De cómo te sientes ahora.
—¿Por qué?
—Porque los campeonatos se olvidan. Los resultados se olvidan. Pero estos momentos no.
Y tenía razón.
Décadas después todavía podía escuchar aquella frase.
—Ha pasado tiempo —dijo el hijo.
—No tanto.
—Sí. Bastante.
El padre observó la cancha.
Como si estuviera pensando algo.
Pero el árbitro llamó a los equipos y la conversación quedó suspendida.
Como tantas otras.
El segundo tiempo fue una batalla.
Ochenta minutos.
Ochenta y cinco.
Noventa.
Empate.
La resignación comenzaba a instalarse en las tribunas.
Entonces apareció una pelota imposible.
Un centro desesperado.
Un rebote.
Un instante suspendido.
Y gol.
Gol de Fernández Vial.
El estadio explotó.
La gente saltó.
Lloró.
Se abrazó.
Y el hijo sintió nuevamente los brazos de su padre rodeándolo.
Firmes.
Fuertes.
Exactamente igual que cuando era niño.
Exactamente igual que siempre.
Por un instante deseó quedarse allí para siempre.
Dentro de ese abrazo.
Dentro de ese gol.
Dentro de esa noche.
Cuando el partido terminó, nadie parecía tener apuro por marcharse.
Los jugadores saludaban.
Los lienzos comenzaban a bajar lentamente.
La Furia Guerrera recogía los bombos.
Las graderías se vaciaban a cuentagotas.
Como si todos intentaran estirar el momento un poco más.
Hablaron del gol.
Discutieron quién había sido la figura.
Comentaron quién sería el próximo rival.
Como si quedaran infinitas temporadas por delante.
Hasta que llegó la hora de partir.
Y entonces apareció el silencio.
Uno de esos silencios que no incomodan.
Uno de esos silencios que lo dicen todo.
Se abrazaron.
—Nos vemos para el próximo partido.
—Como siempre.
—No faltes.
El padre sonrió.
—Nunca he faltado.
Luego se perdió entre la multitud aurinegra.
Y desapareció.
El hijo permaneció inmóvil unos segundos.
Después tomó la vieja bufanda aurinegra del asiento contiguo y emprendió el camino de regreso.
Solo.
Como llevaba años haciéndolo.
Años comprando dos cafés.
Años pidiendo dos sopaipillas.
Años mirando de reojo el asiento vacío cuando el partido se ponía difícil.
Años escuchando una voz que nadie más parecía escuchar.
Porque hay promesas que ni siquiera la muerte consigue romper.
Y cada vez que Fernández Vial salta a la cancha, entre el humo del café, el olor de las sopaipillas calientes y los viejos cánticos ferroviarios, vuelve a encontrar a su padre exactamente donde lo dejó.
En los asientos de siempre.
Esperando el próximo partido.
Porque algunos clubes heredan hinchas.
Otros heredan recuerdos.
Pero el Vial hereda algo más profundo.
Una forma de seguir encontrándose.
Por eso le dicen el Inmortal.
No porque nunca haya descendido.
No porque siempre gane.
Ni siquiera porque sobreviva a las crisis.
Le dicen el Inmortal porque, en algún rincón de las viejas graderías de Collao, entre el eco de los bombos y las noches frías de Concepción, todavía existen lugares donde quienes partieron siguen llegando al estadio.
Porque mientras exista una camiseta amarilla y negra avanzando hacia la cancha, nadie se va del todo.
Y porque en Fernández Vial los mu***os no faltan a la cancha.
Jamás.