27/06/2026
¿Cuánto le das al rugby?
Por: Eduardo Costas
Hay preguntas que no se responden con estadísticas. No aparecen en una planilla, no figuran en un balance anual ni se reflejan en una tabla de posiciones. Son preguntas que obligan a mirar hacia adentro, a recorrer el camino transitado y a descubrir que, muchas veces, lo más importante que hicimos jamás tuvo un reconocimiento público.
Una de ellas es sencilla de formular, pero inmensa en su profundidad:
¿Cuánto le das al rugby?
No cuánto te dio el rugby.
No cuántos campeonatos ganaste.
No cuántos partidos jugaste.
No cuántos tries apoyaste.
No cuántas veces apareciste en una fotografía levantando una copa.
La verdadera pregunta es otra.
¿Cuánto de tu vida le has entregado a este deporte?
Porque el rugby tiene una particularidad que muy pocas actividades poseen: nunca mide solamente lo que recibe de vos. En silencio, observa cuánto estás dispuesto a ofrecer sin esperar nada a cambio.
Y allí comienza la verdadera historia.
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Cuando un niño llega por primera vez al club, no sabe absolutamente nada de esto.
Llega con una pelota demasiado grande para sus manos, con los botines nuevos que todavía lastiman, con una camiseta que le queda enorme y con el corazón lleno de miedo y curiosidad.
No sabe que acaba de entrar en una escuela de vida.
No imagina que ese lugar será escenario de sus primeras amistades verdaderas, de sus primeras derrotas dolorosas, de sus primeras alegrías inolvidables.
Mucho menos imagina que, décadas después, seguirá entrando por el mismo portón con la misma emoción.
Porque el rugby tiene esa extraña capacidad de quedarse viviendo dentro de las personas.
Uno podrá dejar de jugar.
Podrá dejar de entrenar.
Podrá dejar de correr.
Pero el rugby nunca deja de correr dentro de uno.
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En infantiles uno entrega inocencia.
Cada entrenamiento significa una aventura.
No importa si hace frío, si llueve o si el barro tapa las zapatillas.
Lo único importante es llegar al club.
Llegar para jugar.
Llegar para abrazar a los amigos.
Llegar para escuchar el silbato del entrenador.
Sin darse cuenta, ese niño empieza a regalarle al rugby algo invaluable:
Su entusiasmo.
Y no existe energía más poderosa que la ilusión de un niño que descubre este deporte.
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Después llega la adolescencia.
Las divisiones juveniles.
Y entonces el rugby empieza a pedir algo más.
Ya no alcanza solamente con divertirse.
Ahora exige disciplina.
Sacrificio.
Constancia.
Renuncias.
Empiezan los entrenamientos bajo la lluvia.
Los viajes interminables.
Las lesiones.
Las derrotas que enseñan más que cualquier victoria.
Las horas robadas al descanso.
Las fiestas a las que no se fue porque al día siguiente había partido.
Y sin darse cuenta, el jugador comienza a entregar tiempo.
El bien más valioso que tiene cualquier ser humano.
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Luego aparece la Primera División.
Ese lugar donde todos soñaron jugar alguna vez.
Ya no hay lugar para las excusas.
El rugby ahora exige compromiso absoluto.
Cada entrenamiento representa una responsabilidad.
Cada camiseta pesa un poco más.
Cada escudo parece latir sobre el pecho.
Y entonces uno comprende que representar al club no consiste solamente en jugar bien.
Consiste en cuidar una historia.
En respetar generaciones.
En honrar a quienes estuvieron antes.
En dejar algo mejor para quienes vendrán después.
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Pero llega un día inevitable.
Ese día que nadie quiere aceptar.
El cuerpo empieza a hablar.
Las piernas ya no recuperan igual.
Las lesiones tardan más en sanar.
La velocidad disminuye.
Y uno entiende que el retiro deportivo no es una derrota.
Es simplemente otra etapa.
Porque el rugby nunca termina cuando se deja de jugar.
Ahí, justamente, comienza otra forma de amar este deporte.
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Muchos pasan a ser entrenadores.
Y descubren que enseñar produce una satisfacción incluso mayor que ganar un campeonato.
Empiezan a reconocer en cada niño el reflejo de aquel jugador que alguna vez fueron.
Se emocionan cuando un chico aprende a tacklear correctamente.
Cuando otro pierde el miedo al contacto.
Cuando alguno entiende que primero está el compañero.
Entonces comprenden que ahora están devolviendo todo lo que un día recibieron.
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Otros aceptan el desafío de ser dirigentes.
Y allí descubren un rugby completamente distinto.
Uno que casi nadie ve.
El rugby de las reuniones interminables.
El de las cuentas que nunca cierran.
El de buscar recursos donde parece no haberlos.
El de mantener abiertas las puertas del club.
El de pensar en obras mientras otros solamente disfrutan del resultado.
Ser dirigente significa entregar horas invisibles.
Horas que jamás aparecerán en una fotografía.
Horas que nadie aplaudirá.
Pero que sostienen el futuro de toda una institución.
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También están aquellos que colaboran desde otro lugar.
El sponsor.
El comerciante del barrio.
El empresario que alguna vez vistió la camiseta del club.
O aquel que jamás jugó, pero comprendió el valor social del rugby.
Muchos creen que solamente aporta dinero.
Qué equivocación.
El sponsor aporta confianza.
Cree en un proyecto.
Invierte en personas.
Ayuda a que cientos de chicos tengan una oportunidad.
No financia únicamente camisetas.
Financia educación.
Valores.
Pertenencia.
Futuro.
Porque detrás de cada publicidad en una camiseta puede esconderse la posibilidad de que un niño siga jugando.
Y eso vale muchísimo más que cualquier retorno comercial.
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También están los padres.
Los eternos anónimos.
Los que manejan cientos de kilómetros durante toda una temporada.
Los que preparan desayunos antes del amanecer.
Los que esperan bajo la lluvia.
Los que lavan camisetas embarradas durante años.
Los que organizan terceros tiempos.
Los que venden rifas.
Los que levantan mesas.
Los que jamás piden protagonismo.
Ellos también le entregan una parte inmensa de su vida al rugby.
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Y después están los veteranos.
Los Seniors.
Los que alguna vez creyeron que habían terminado.
Hasta que volvieron.
Porque descubrieron que ya no regresaban por la competencia.
Regresaban por los abrazos.
Por los recuerdos.
Por volver a escuchar el ruido de los botines sobre el cemento del vestuario.
Por volver a sentir el olor del linimento.
Por el mate compartido.
Por la foto con los viejos compañeros.
Por comprobar que el tiempo puede cambiar los cuerpos, pero jamás modifica el sentido de pertenencia.
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El rugby posee una magia extraordinaria.
Transforma jugadores en entrenadores.
Entrenadores en dirigentes.
Dirigentes en benefactores.
Benefactores en referentes.
Y todos siguen perteneciendo al mismo equipo.
Porque el verdadero retiro en el rugby no existe.
Simplemente cambian las responsabilidades.
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Tal vez por eso los clubes centenarios siguen creciendo.
No porque tengan grandes presupuestos.
Ni porque ganen todos los campeonatos.
Sino porque generación tras generación hubo personas que decidieron dar mucho más de lo que recibieron.
Personas que entendieron que un club no se hereda.
Se construye.
Y se construye todos los días.
Con trabajo.
Con honestidad.
Con humildad.
Con tiempo.
Con pasión.
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Quizá, al final de la vida deportiva, cuando uno abra un viejo bolso y encuentre una camiseta desgastada, un carnet amarillento, una medalla oxidada o una fotografía descolorida, descubra que aquellos objetos nunca fueron lo más importante.
Lo verdaderamente valioso será recordar cuánto de uno quedó sembrado en cada rincón del club.
En cada entrenamiento.
En cada tercera tiempo.
En cada abrazo después de una derrota.
En cada palabra de aliento.
En cada chico que aprendió gracias a nuestra paciencia.
En cada dirigente al que ayudamos.
En cada proyecto que decidimos apoyar.
Porque el rugby no mide la grandeza de las personas por la cantidad de partidos que jugaron.
La mide por la huella que dejaron.
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Hoy vale la pena detenerse un instante y hacerse esa pregunta, sin apuro, con la sinceridad que solo nace frente al escudo del club que amamos:
¿Cuánto le estoy dando al rugby?
Porque el rugby siempre necesita jugadores, pero también necesita maestros. Necesita dirigentes, voluntarios, padres, madres, médicos, árbitros, preparadores físicos, sponsors, colaboradores y soñadores. Necesita personas que comprendan que este deporte no se sostiene únicamente con talento, sino con una inmensa cadena de generosidad que une a quienes estuvieron antes con quienes aún no han llegado.
Y quizás esa sea la mayor enseñanza que nos deja este deporte.
Que el verdadero legado no consiste en ser recordado por los partidos que jugamos.
Consiste en que, cuando un niño cruce por primera vez el portón del club, encuentre una institución un poco mejor que la que nosotros recibimos.
Porque allí estará la respuesta definitiva.
No en lo que el rugby nos dio.
Sino en todo lo que fuimos capaces de darle al rugby.
Y mientras exista alguien dispuesto a entregar una tarde de su vida para enseñar un pase, acomodar una cancha, organizar un tercer tiempo, acompañar un entrenamiento o simplemente mantener viva la llama del club, el rugby seguirá siendo mucho más que un deporte.
Seguirá siendo una manera de vivir.
Y ese, quizás, sea el try más importante que cualquiera de nosotros pueda apoyar.