16/08/2025
"-Yo ya lo vi al general morirse hace cuatro años, en Roma. Y lo vi resucitar una hora después, cuando el Sr. Posadas llegó y le aplicó unos medicamentos. Puede que sea lo mismo ahora, el general no sabe morir… ¿Por qué no le hacen lo mismo que hizo Posadas y lo reviven?,- suplicaba Eusebio Soto sentado en un rincón de la planta alta de La Grand Rue Nº 105, con la galera apretada entre las rodillas y sus manos agarrándose la cabeza, incrédulo de las palabras escuchadas al Dr. Jardon unos minutos antes: - “El general ha fallecido a las 15 hs.”
-Esas fueron convulsiones y un ataque de epilepsia, amigo. Esto es distinto - trataba de consolarlo Mariano Balcarce en voz muy baja, a su lado.
-¡Hoy es mi cumpleaños, señor Mariano, el general no se puede morir hoy! Eusebio llora en silencio, apretando su boca con sus cobrizas manos, intentando no molestar con su pena, suplicando al cielo que no fueran ciertas las palabras del médico, que otra vez se hubieran equivocado, y sentir la voz cascada del general llamándolo. Eusebio lloraba al padre, al amigo, al hermano. Al hombre que hacía 30 años servía con entusiasmo, con alegría, y que admiraba de una forma reverencial por conocerlo en la intimidad. Él leía sus cartas, escribía sus dictados, acomodaba sus libros, compraba sus periódicos. Le ayudaba a ponerse las pantuflas y la bata, servía su café y lo metía en la tinaja de agua caliente, siempre a 38 º como al general le gustaba bañarse. Eusebio lo cuidaba como un padre cuida al niño que empieza a caminar, mirándolo desde lejos en silencio, adivinando sus pasos, corriendo las sillas para que no se tropezase y tuviera que admitir que estaba ciego. Vaciaba su bacinilla, controlaba el color de su orín como el médico le había indicado y se paraba en algún rincón lejano, en silencio, para que el general no supiera que él lo estaba cuidando. Eusebio Soto amaba a ese hombre que lo había recogido en una calle de Lima en 1821 con solo 9 años y del que nunca mas se había separado. Eusebio lloraba en silencio esperando el milagro, cuando la aldaba de la puerta principal sonó con timidez, sacándolo de sus pensamientos. Se levantó presuroso y bajó casi avergonzado de no estar en su puesto, secò sus mejillas y abrió. El resplandor de la calle le hirió los ojos irritados por el llanto y pudo ver a Lorenza Bustos, su esposa, algo agitada tras correr las dos cuadras que separaban la casa del finado Aguado, donde trabajaba desde pequeña, de la residencia de José de San Martín. Se abalanzó sobre él y se colgó de su cuello, apretando su blanca cabeza contra el pecho, como queriendo abrazar tanta tristeza y desolación, sabiendo que su marido ya nunca mas sería el negro alegre y voluntarioso con quien se había casado diez años antes. Eusebio se dejó abrazar largo rato y lloró tranquilamente, sin apuro. Lloró todo lo que su pena quiso, sabiendo que sería la última vez que lloraría la muerte del general, porque su raza no llora mu***os. Esa raza mixturada de negros, indios y desposeídos, esclavizada y sometida, a la que San Martìn habìa prohibido llamar de otra manera que no fuera "peruanos", celebra la vida, ama, ríe y baila, pero no sabe llorar mu***os. No tienen tiempo para eso.
-Se murió, Lorenza. ¡El general se murió!"
("El cóndor herido", de Ariel Gustavo Pèrez. Para adquirir el libro, comunicarse entrando acá https://wa.me//3413193988)