20/10/2025
Feliz día para todas las mamis Cuervitas 🏴🏳️🏴
“En el nombre de la madre”, por Nico Cortes
( En el día de la madre. Para todas las mujeres cuervas, que parieron en el nombre del padre y del hijo. Por su resistencia, por su existencia, por su divina pureza…)
Por la avenida Entre Rios, camina con un carro en manos vendadas, una mujer de piel oscura, con origen africano. Tiene en su andar cansino, los golpes de una vida indigna, de tardes de sol, de noches de lluvia. Vende semillas de girasol, agua, mandarina, picolé, galletas, caramelos. Llega al pasaje del Legado Guemes y posa allí su sombrilla y su letrina.
Libreta en mano, “si no paga, se fía.” Los jugadores del club Central Norte tienen la prioridad en la fila, sea de la división que sea. En sus brazos hay pulseras negras y blancas. En sus recuerdos todos los años de gloria del club. Recuerda las formaciones como si fuesen sus familares. Jura que nunca tuvo un amor como Central Norte y por ende cada jugador un hijo.
Relata que había gestado en más de una ocasión pero entre tantas idas y vueltas, entre naufragios y vientos. Alguna vez escucho que había nacido en Cuba, y un buen día, algo así como un barco con alas aterrizó en tierra argentina. -“De allí empezar a caminar hasta que vi cerros, una estación de trenes y una pelota al rodar cayó en mis pies. Estación central norte. Ciudad de salta. He aquí mi destino mi lugar. He aquí mi camino mi andar. Pues la vida me ha quitado vidas y pero aquí las he de recuperar.”-
¿Quien pudiera negar el amor de madre?¿Que cosa más grande? Entre humanos lo más inolvidable. Esas manos, la mesa y el
mantel. La caricia en la fiebre. La fuerza en la ausencia. Vuela un cuervo y se posa en la platea femenina buscando a “La Negra Carnaval”, ese amor que se fue. Es que siente energías maternales. Ese amor verdadero que no caduca. Que no tiene precio, ni vuelto ni intereses. Ese amor que alguna vez fue transmitido por un cordón umbilical y se contagió por medio del fútbol.
Tiene colores negro y blanco. Así, sin matices. Sin muchas vueltas. Puede que muchos domingos la madre se quedó en casa escuchando el partido por radio. Porque parece una máquina que hace de todo y está en todas partes. Mientras me limpiaba el delantal, para la escuela, cosía, tejía. Yo estaba en la cancha agarrando del alambrado rogando que “El Pez” Aylan o “El Vikingo” Maladot me dieran una sonrisa de gol. Mientras ella prendía el brasero para calentar la pava y tomar unos mates al llegar, yo rezaba que el formoseño Jorge Hairala o “Policarpio” Ruiz sacudieran de derecha y flameara la red. Eso implicaba una emoción ante tanta adversidad de la vida cotidiana. Lo más increíble. Lo mejor y lo más épico. Es que cuando yo llegaba a casa. Ella con crucifico en mano, también rezaba. Por una conversión. Por mi. Por Central.
¿Que te puedo decir de mi madre? Me pongo de perfil para disimular mi llanto. Cuando un hombre llora, hay vergüenza pero sobre todo, honestidad. Lloro porque es mi madre, y también hermano lector, es tu madre y son todas ellas. Porque son parte de una misma especie. Desde su primera gestación, destinadas al amor eterno. Cría en su cuerpo, da vida desde sus senos, todo un vendaval de energía, un océano de caricias, un cielo de protección. A veces padre y también abuela. Otras veces hermana y pareja. Madre, todas las mujeres en una. Invencible, cuando levantaba el carro, con calle empinada, pies ampollados, para vender lo que sea, por nuestra, la subsistencia.
Para las que están y para las que no están. Con manto azabache. Gracias mamá por tanto y por todo, y perdón por la escasa devolución e impaciencia. No hay equidad, no podría compensar tanta devoción, gigante de corazón. Heroica, dulzura, esperanza cuerva y nuestra.