24/11/2025
Trabajar con chicos en el deporte es un desafío constante y, al mismo tiempo, una experiencia invaluable. Todos los días enseñás… pero también aprendés. Aprendés a entender sus tiempos, sus emociones, sus alegrías y sus frustraciones. Aprendés a valorar el esfuerzo enorme que hacen en cada entrenamiento y en cada partido.
En el camino, muchas veces escucho voces desde afuera: padres gritando, presionando, indicando qué hacer, viviendo el partido como si fueran ellos mismos los que están jugando. Sin darse cuenta, generan un clima que no corresponde y una carga emocional que el niño no debería llevar.
Y acá quiero ser claro: si querés ser técnico, andá, estudiá, capacitáte, formate y dirigí un equipo. Si querés ser profe o preparador físico, estudiá, entrená, comé bien, aprendé, invertí tiempo en formarte… y después opiná, criticá o intentá enseñar sobre cuestiones técnicas. Pero no traslades lo que no sabés —o tus propias frustraciones— a los chicos.
En el fútbol —aunque sea un juego— cada niño carga con una presión que muchas veces no vemos. Y ahí estamos nosotros: para acompañarlos, para quitarles ese peso, para recordarles que ganar, empatar o perder es simplemente parte del deporte, no una medida de su valor.
Nuestro rol es guiarlos para que disfruten, para que crezcan, para que entiendan el verdadero sentido del juego: aprender, compartir, superarse y ser felices mientras lo hacen.
Porque formar chicos es mucho más que enseñar técnica… es ayudarlos a convertirse en personas seguras, resilientes y apasionadas. Y eso sí que no tiene precio.