19/02/2026
Partimos desde **Buenos Aires** el 30 de diciembre, dejando atrás el calor del verano argentino y nuestras rutinas conocidas. El destino era lejano y simbólico: India. Después de un largo vuelo, llegamos el 1 de enero a Delhi, comenzando el año en una tierra completamente distinta, vibrante, intensa, viva.
Desde allí tomamos otro vuelo hacia Pune, donde nos esperaba el verdadero propósito del viaje: estudiar en el Ramamani Iyengar Memorial Yoga Institute. No era turismo. Era búsqueda. Era práctica. Era volver a las raíces del método Iyengar.
Nos acreditamos y comenzaron los días de disciplina y aprendizaje. Cada jornada tenía su propio pulso: clases generales para alumnos locales y extranjeros, prácticas compartidas con estudiantes de todo el mundo que, como nosotros, habían viajado miles de kilómetros para estudiar con la familia Iyengar; clases médicas, donde el yoga se revelaba como herramienta terapéutica profunda; y espacios de observación que enseñaban tanto como la práctica misma.
Tuvimos la oportunidad de tomar clases con Abhijata Iyengar y otros profesores altamente calificados. Cada indicación, cada ajuste, cada silencio en la sala tenía un peso especial. Practicar allí no era simplemente hacer asanas: era comprender la precisión, la dedicación y la devoción que sostienen esta tradición.
Y en medio de esa intensidad, apareció algo inesperado y hermoso: la comunidad argentina. Sin haberlo planeado, nos encontramos con compatriotas que estaban allí por la misma razón. Compartimos no solo las clases, sino también cafés, cenas, conversaciones largas sobre posturas, sobre India, sobre la vida. El viaje se volvió entonces doble: aprendizaje y comunidad. Disciplina y abrazo. Lejanía geográfica y cercanía emocional.
El 30 de enero emprendimos el regreso con Sabina, pero antes hicimos una parada imprescindible en Agra para visitar el majestuoso Taj Mahal. Frente a esa obra inmensa, símbolo de amor y permanencia, sentimos que el viaje cerraba con un gesto perfecto: contemplación, belleza y gratitud.
El 2 de febrero regresamos a Paraná, llevando con nosotros algo más que recuerdos. Volvimos con aprendizajes en el cuerpo, con la práctica más consciente, con nuevos vínculos y con la certeza de que cuando uno viaja con propósito, el viaje continúa mucho después de haber aterrizado.
Susana y Sabina