14/11/2018
EL ÁRBOL COMO SÍMBOLO
El árbol es una columna vertebral entre la tierra y el cielo. Las raíces inmersas en la tierra y la copa queriendo rozar el firmamento. Desde lo más tosco a lo más sutil, desde lo más telúrico a lo más etéreo. Abrazarse a un árbol es abrazar a un amigo y ser asistido por su preciosa energía, y su savia corresponde a nuestra sangre. Cuando meditamos somos como un árbol, irguiéndonos hacia la bóveda celeste, abriéndonos al universo. Las nalgas firmemente apoyadas en el suelo, la columna vertebral erguida como un árbol y con la cabeza bien elevada, como queriendo rozar el firmamento con la cima de la misma; inmóvil como un árbol, convirtiendo el cuerpo en una especie de fortaleza inexpugnable. De lo más tosco a lo más sutil y la columna vertebral como un símbolo que recrea la columna vertebral del Universo. EL chakra más bajo, el muladhara, es la tierra, y el chakra más alto, el sahasrara, es el Cosmos. Así la energía fluye del muladhara al sahasrara y, de vuelta, del sahasrara al muladhara, y nos convertimos en un circuito energético que invita a trascender los opuestos y reposar en el Uno.
Buda gustaba de meditar bajo los árboles. También Mahavira y seguramente Lao- Tsé y Pitágoras. El árbol nos arropa, nos recoge, nos inspira y nos motiva. En la época de Buda, y aún hoy en día, los mojes se sentaban bajo una higuera en postura meditacional y se aplicaban a la meditación de atención a la respiración. El árbol se convertía en el fiel testigo y compañero del meditador.
Era un atardecer tibio y silente. Siddharta Gautama se sentó bajo un árbol y adoptó la postura yóguica del loto. Tenía treinta y cinco años y en la arrobadora soledad del bosque, dieron comienzo las horas que le conducirían a su liberación definitiva y le convertirían en un despierto (buda). A la luz clara de la luna, comienza ese viaje hacia adentro que le conduce a la mente iluminada. Tal vez a lo lejos aúllan los chacales. En ese viaje hacia lo más abismal, solo un compañero: el árbol que le cobija. Su mente pasa por diferentes fases, hasta alcanzar ese nirvana que disipa para siempre la ofuscación de la mente y le proporciona la bendita paz sin límites. Al amanecer se dice a si mismo que lo que tenía que hacerse ha sido hecho y se queda varios días deleitando ese estado de sublime sosiego que experimenta. Solo un testigo: el árbol. Pasados unos días, por compasión, se pone en marcha para mostrar la Enseñanza y recordar a los que le siguen: "Tú eres tu propio refugio, ¿qué otro refugio puede haber?".
(Fotografía de mi fraterno amigo y editor de la "Guía del Ocio", José Miguel Juárez).