08/03/2025
Foto: Paco Callis
¿Hubiese imaginado Paco el destino de la muchacha de su retrato? Puedo verlo montando su puesta. Esperando la luz y los contrastes. Que la lente capture la apertura de sus ojos, los de su hija. Una maestra normal que con dieciocho años hacía dedo en la ruta hasta que algún camionero la acerque a
la escuela rural donde daba clases.
Paco le había regalado un piano. Tocaba precioso.
Un suceso impensado, un tornado familiar torció el rumbo en la vida de
todos. La muchacha del retrato trasladó el piano a la casa donde la aguardaban cuatro hijos, en
cuatro partos naturales.
Terremotos, un aluvión, el viento zonda. El achurero, los tubos de gas, buscar el agua a la
vuelta de la esquina. El marido y la familia del marido.
El lavado a mano de miles de pañales de tela y una perra loca que arrancaba las sábanas
tendidas en la cuerda y las revolcaba en la tierra. Es que los chicos la adoraban. A la
perra.
Entregarle el titulo de perito mercantil a su joven marido, junto a su primera hija y
embarazada del segundo.
Kilos de verduras y ensaladas lavadas y otras envasadas para llenar la despensa. Para que los chicos comieran sano.
Los alumnos de la escuela San Vicente. Reordenar y atender la biblioteca del colegio
Nacional. Fundar la cultural inglesa. La colección de los Beatles que un día le presto a un alumno y nunca le devolvió.
El Padre Bagio y el hogar de Nazaret. Un día emigró a mil kilómetros. A la ciudad de Buenos Aires con sus cuarto hijos, tres adolescentes, una niña y el marido.
La capital y el marido le regalaron otro parto natural de un quinto hijo y una casa.
Entre bolognesas, lasañas, empanadas mendocinas, humitas y visitas inició otra carrera terciaria que la mantendría cerca de los libros otra vez.
Estrujo la casa luego de algunas inundaciones. Perdió libros y el buen trato con el vendedor del inmueble.
Alfabetizó a isleños.
Las inundaciones cesaron.
El piano un sobreviviente que suena cada tanto.
La muchacha del retrato lee un libro a la semana. Hace sudokus; honra a la naturaleza con su jardín de postal, sigue lavando kilos de ensaladas. La muchacha de corazón pródigo es mi mamá.
Maia Callis