10/08/2015
Reflexionemos
Es curioso cómo socialmente el vínculo madre-hijo a veces parece asustar. Hay un miedo a criar “seres dependientes” producto de la intensidad de ese vínculo; tan grande y tan enquistado está ese miedo, que luchamos para evitar caer en semejante problema. El mundo necesita que los niños se vuelvan independientes de manera urgente. Al menos, independientes de sus madres, porque esa es la dependencia que preocupa.
¿Qué madre no escuchó a los 4, 5, 6 meses de su bebé, el consejo de salir más, de volver a trabajar (si es que aún no lo ha hecho), de hacer alguna actividad que la separe algunas horas de su hijo porque “a los dos les va a hacer bien”? ¿De dónde sale esta creencia? ¿Cómo a un bebé, cuya vida depende de su madre le va a venir bien separarse de ella a esas edades? Porque la naturaleza indica que las hembras amamantemos a nuestras crías y aunque les demos el biberón, nuestras crías no lo saben y su instinto de supervivencia les indica que mamá es la responsable de mantenerlos con vida.
¿Y por qué creemos que a la mujer le hará bien también dejar a su bebé? La dependencia es en realidad una co-dependencia, porque la madre -especialmente una madre puérpera- necesita estar con su cría tanto como su cría necesita estar con ella. Ambos se necesitan porque están fusionados emocionalmente y esa fusión durará un par de años, disminuyendo su intensidad paulatinamente, mal que le pese al resto del mundo. Lo que la madre necesita es, en realidad, compañía, tribu, red, pero no separarse de su hijo. No estamos diseñados para criar en
soledad, pero ese es tema para otro post.
Volviendo al punto, nos empeñamos en buscar alguna forma de separación. Para que la madre se despeje, para que no pierda “su identidad”, para que tenga su espacio, para que no deje de ser mujer además de madre, y claro, para que vuelva a ser parte de la rueda productiva… Y el bebé también debe empezar a separarse porque necesita socializar (¿?) y forjar otros vínculos…
No está bien visto que un bebé o niño pequeño no quiera separase de su madre. De hecho, se lo califica como “mamengo” o “mamero”. Lo que se celebra es un bebé o niño pequeño que vaya a gusto de brazo en brazo, que pueda estar lejos de su madre sin quejarse, que pueda irse de paseo con alguna persona allegada sin preguntar por mamá o que incluso pueda desde bien pequeño dormir en casa de abuelos o tíos sin problema. Esos son los signos de independencia que se buscan en los niños. Eso es lo que nos marcaría que lo estamos criando “bien”.
Si un niño de dos o tres años tiene una relación muy estrecha con, por ejemplo, una abuela, las miradas se enternecen y el comentario que corona la escena es “Qué hermoso, ¡es locura que tiene por su abuela!” mientras todos asienten con la cabeza y una sonrisa emocionada en los labios. Pero si lo que el niño busca es en realidad permanecer cerca de su principal figura de apego, que en general suele ser su madre, ya aparecen los cuestionamientos: que cómo puede ser, que es un mal criado, que no va con nadie, que es muy dependiente, que ya debería...
Lo que perdemos de vista es que el niño, por definición, ES DEPENDIENTE. Ni que decir, un bebé. Lo que molesta, lo que preocupa, y lo que se trata de evitar, es que el niño dependa de la madre. Ahora, si depende del padre, de la abuela, de la niñera o de la maestra, está todo bien, en calma y en orden. Es un niño sano y sociable. Lo importante es, de alguna manera, que no pida por mamá todo el tiempo para satisfacer sus necesidades de alimento y apego. Es decir, buscamos arrancar la manzana del árbol antes de que caiga por sí sola.
Qué locura… ¿Cómo es que no salta a la vista que justamente es ahora cuando el niño necesita depender de su madre -que es su base segura- para construir a partir de allí, vínculos de apego con otras personas? ¿No es evidente que la seguridad, la autoestima y la posibilidad de confiar y depender de un otro podrá darse naturalmente cuando el niño haya saciado su sed de apego primario con su madre (o persona maternante, si no hubiera una madre)? ¿Cómo podemos pensar que hay que separar, que quebrar ese vínculo tan tempranamente? ¿Qué puede tener de positivo en términos psicológicos, madurativos y emocionales?
Así está el mundo, repleto de díadas madre-hijo que son apuradas y presionadas para despegarse cuando aún es el momento de permanecer en fusión. Y es una enorme pena que tantas mujeres hayan comprado ese discurso social y cultural y se auto-convenzan de que ellas DEBEN llevar adelante esta separación, retomar su vida y que dejar a su bebé al cuidado de otro ES lo correcto. No estamos cuestionando ni por un momento la elección materna de trabajar fuera del hogar. Estamos cuestionando el deber social de hacerlo, como si además fuera algo necesario para la salud del vínculo madre-hijo. Estamos cuestionando que la mujer crea que DEBE reanudar su vida excluyendo a su bebé durante ciertos momentos del día, aunque tantas veces esa misma mujer se vaya de casa con un n**o en el estómago, porque sus vísceras le dicen que en realidad quiere quedarse. Pero el mundo dice que eso es lo debido, y las cuentas a pagar a fin de mes apremian, y se necesitan los dos salarios, y es lo que todas hacen, y…
De este tema derivan infinitas ramas, que van desde el deseo genuino de las mujeres de retomar actividades sin sus bebés, lo cual es válido y respetable, hasta las ridículamente cortas licencias por maternidad, pasando por la sociedad productiva que exige lo que exige y la vida moderna que nos hace estar cotidianamente tan solas que muchas mujeres sienten que estar todo el día con sus bebés las ahoga, cuando en realidad lo que padecen es una angustiante sensación de soledad por falta de compañía de otros adultos.
Cada uno conoce su realidad, sus deseos y sus posibilidades y todos buscamos tomar las decisiones que más acertadas creemos para nosotros y nuestras familias. Pero es bueno saber que las separaciones tempranas no son necesarias ni positivas para el desarrollo del vínculo madre-hijo. No es algo de lo que el niño se beneficie ni tampoco su madre, sino más bien lo contrario, porque no importa que el niño quede en “las mejores manos”. Esas manos difícilmente sean mejores que las de mamá. Por eso no puede sostenerse como argumento válido para justificar o alentar la separación.
Que a veces no queda otra, es cierto. Que a veces podría quedar otra pero las inseguridades, el costumbrismo y el miedo al cambio nos hacen seguir adelante sin valorar seriamente otras opciones, también es cierto. Elegir determinadas cosas implica no elegir determinadas otras. Será cuestión de poner en la balanza qué nos pesa más que qué y cómo podemos conjugar nuestros deseos con nuestras posibilidades en beneficio de nosotros y de quienes más nos necesitan.