22/08/2026
✨️ Cuando Friedrich Nietzsche describió las tres transformaciones del espíritu en "Así habló Zaratustra", dijo que el último estado del ser humano no era el sabio ni el héroe.
Era el niño.
No porque el niño sea ingenuo, sino porque todavía conserva la capacidad de decir un "sí" profundo a la vida.
El niño crea. Juega. Explora.
No vive preguntándose si será suficiente o si los demás van a aprobar lo que hace. Simplemente participa de la existencia.
Curiosamente, la historia de Hanuman parece hablarnos de ese mismo estado.
Cuando ve el Sol salir en el horizonte, no calcula las probabilidades de alcanzarlo. No piensa en el ridículo, el fracaso o el peligro. Su impulso nace de una confianza absoluta en la vida.
Con el tiempo, Hanuman también tendrá que aprender prudencia, disciplina y discernimiento. Pero esa escena nos deja una pregunta que vale la pena hacernos de vez en cuando:
¿Cuándo dejamos de acercarnos a la vida con ese asombro?
Quizás madurar no consista en apagar a nuestro niño interior.
Quizás consista en integrar la experiencia del adulto sin perder la capacidad del niño para maravillarse, crear y volver a empezar.
Porque, antes de aprender el miedo, todos intentábamos tocar el Sol. ☀️🐒
Quizás sí existen cosas que hoy no podemos hacer.
Pero la mayoría de las veces lo que nos detiene no es la realidad, sino la historia que nos contamos sobre nuestras posibilidades.