06/20/2025
Ronaldinho está preso. Los pasaportes que le dieron para entrar a Paraguay son truchos.
—Es un error de tu hermano —le dijeron.
—No, no. Él es mi representante. Si falla él, fallamos los dos.
Entonces, por orden del juez, debe guardar su sonrisa en un centro penitenciario de Asunción.
Ahí está Dinho, en la Agrupación Especializada, conviviendo con políticos corruptos, policías criminales y narcotraficantes.
—¿Qué hace Dinho acá? —se preguntaban los reos.
Era más fácil creer en la caída de un asteroide que en la de semejante estrella.
Pipino Cuevas, Gamarra, Delgado... los ídolos del Paraguay, apenas se enteran, van a saludarlo. Le llevan comida, colchones, ropa, una tele de 32, un ventilador, hasta un aire acondicionado. Su hermano Roberto, también recluido, agradece el gesto. Pero Dinho está triste. Duerme poco. Se despierta a las seis de la mañana, desayuna cocido con galletas y pasa las tardes caminando, en silencio, por el predio de 14 hectáreas.
Son los primeros días de marzo de 2020. Se juega la final del torneo de internos, pero él prefiere mirar desde lejos. Solo accede a sacarse una foto con el trofeo, a pedido de sus nuevos compañeros. Cada día, Dinho pasa más cerca de la cancha. Hasta que el oficial Blas Daniel Vera lo invita a jugar. Al principio se niega. Pero a la tercera invitación, acepta. Porque entendió que ella —la pelota— lo estaba esperando.
Salta a la cancha... y empieza a bailar capoeira. Cuando él tocaba la pelota, todos recuperaban la libertad. Dicen que al fútbol se juega con los pies, pero Ronaldinho besaba la pelota con todo su cuerpo.
Desde ese día, no hubo jornada sin fútbol. Se sumó a picados informales, al fútbol-tenis, al voley playa. Hasta se dijo por ahí que ganó el único trofeo que le faltaba: la Copa Lechón —un cerdo de 16 kilos como premio—, con seis goles y cinco asistencias.
No hay demasiados registros. Estaba prohibido grabar.
Le festejaron sus 40 años. Los policías perdieron la rigurosidad de sus rostros, los presos se olvidaron de sus pasados y los niños que hacían guardia en la puerta, pedían a gritos ser encerrados. Hasta que un domingo lo consiguieron. Cincuenta lograron entrar a ver a su ídolo. Se fueron felices, con las pelotas firmadas por él. Cuando el juez autorizó la prisión domiciliaria en un hotel, Dinho regaló camisetas y pares de botines a todos sus compañeros de pabellón.
Nervioso, fue a firmar los papeles a la ayudantía. Blas, el guardia que lo había cuidado durante esos treinta días, se le acercó y le estrechó la mano. Lo miró con ternura. Y juntos posaron para la foto. La última foto de Ronaldinho preso.
Lo quisieron encerrar. Y él les enseñó a todos la libertad.
Ronaldinho está preso. Los pasaportes que le dieron para entrar a Paraguay son truchos.
—Es un error de tu hermano —le dijeron.
—No, no. Él es mi representante. Si falla él, fallamos los dos.
Entonces, por orden del juez, debe guardar su sonrisa en un centro penitenciario de Asunción.
Ahí está Dinho, en la Agrupación Especializada, conviviendo con políticos corruptos, policías criminales y narcotraficantes.
—¿Qué hace Dinho acá? —se preguntaban los reos.
Era más fácil creer en la caída de un asteroide que en la de semejante estrella.
Pipino Cuevas, Gamarra, Delgado... los ídolos del Paraguay, apenas se enteran, van a saludarlo. Le llevan comida, colchones, ropa, una tele de 32, un ventilador, hasta un aire acondicionado. Su hermano Roberto, también recluido, agradece el gesto. Pero Dinho está triste. Duerme poco. Se despierta a las seis de la mañana, desayuna cocido con galletas y pasa las tardes caminando, en silencio, por el predio de 14 hectáreas.
Son los primeros días de marzo de 2020. Se juega la final del torneo de internos, pero él prefiere mirar desde lejos. Solo accede a sacarse una foto con el trofeo, a pedido de sus nuevos compañeros. Cada día, Dinho pasa más cerca de la cancha. Hasta que el oficial Blas Daniel Vera lo invita a jugar. Al principio se niega. Pero a la tercera invitación, acepta. Porque entendió que ella —la pelota— lo estaba esperando.
Salta a la cancha... y empieza a bailar capoeira. Cuando él tocaba la pelota, todos recuperaban la libertad. Dicen que al fútbol se juega con los pies, pero Ronaldinho besaba la pelota con todo su cuerpo.
Desde ese día, no hubo jornada sin fútbol. Se sumó a picados informales, al fútbol-tenis, al voley playa. Hasta se dijo por ahí que ganó el único trofeo que le faltaba: la Copa Lechón —un cerdo de 16 kilos como premio—, con seis goles y cinco asistencias.
No hay demasiados registros. Estaba prohibido grabar.
Le festejaron sus 40 años. Los policías perdieron la rigurosidad de sus rostros, los presos se olvidaron de sus pasados y los niños que hacían guardia en la puerta, pedían a gritos ser encerrados. Hasta que un domingo lo consiguieron. Cincuenta lograron entrar a ver a su ídolo. Se fueron felices, con las pelotas firmadas por él. Cuando el juez autorizó la prisión domiciliaria en un hotel, Dinho regaló camisetas y pares de botines a todos sus compañeros de pabellón.
Nervioso, fue a firmar los papeles a la ayudantía. Blas, el guardia que lo había cuidado durante esos treinta días, se le acercó y le estrechó la mano. Lo miró con ternura. Y juntos posaron para la foto. La última foto de Ronaldinho preso.
Lo quisieron encerrar. Y él les enseñó a todos la libertad.
🌐 Texto copiado de la red ✍🏽