04/04/2026
Hoy el fútbol nos miró de costado.
Perdimos 2 a 1, dice el marcador, como si los números supieran de coraje. Pero en la cancha no hubo derrota fácil: hubo piernas que no se rindieron, camisetas sudadas como promesas, muchachos que jugaron como si cada pelota fuera la última oportunidad de decir “aquí estamos”.
Este equipo, hecho más de sueños que de dinero, salió a pelearle al destino. Y aunque no alcanzó, dejó algo que no entra en las estadísticas: el latido. El de las familias en la tribuna, el de los hinchas que llegaron con fe prestada, el de los que creen que el fútbol todavía puede ser un lugar donde crecer.
La derrota duele, sí. Pero también enseña. Y a veces, en ese dolor, se esconde la semilla de algo más grande. Porque perder así, con el alma en la cancha, no es caer: es empezar a levantarse.
Del árbitro hablamos otro día…