11/04/2026
¿Por qué al dojo de Ueshiba le decían el dojo del in****no?
El apodo no nació por exageración. El Kobukan Dojo, abierto por Morihei Ueshiba en 1931 en Ushigome, ganó ese nombre por la intensidad del entrenamiento: se hablaba de dos clases por la mañana, tres por la tarde y práctica libre entre medio, con un núcleo de uchi deshi viviendo allí y un nivel técnico altísimo, porque también entraban practicantes fuertes de judo, kendō y otras disciplinas. Esa mezcla de volumen, exigencia y dureza hizo que rápidamente se lo conociera como el “Dojo del In****no de Ushigome”.
Y eso deja una pregunta incómoda para hoy. ¿Qué convierte a un dōjō en un lugar formativo de verdad? ¿La cantidad de técnicas? ¿La simpatía del ambiente? ¿O la capacidad de sostener una práctica que exija presencia, constancia, ukemi serio, corrección y carácter? El nombre “dojo del in****no” no debería leerse como nostalgia por romper gente ni como culto al sufrimiento. Debería leerse como señal de otra cosa: había una intensidad que obligaba al practicante a dejar de improvisarse a sí mismo. Ahí el entrenamiento dejaba marca.
También conviene no romantizarlo de más. Kisshomaru Ueshiba recordó que aquel período fue importantísimo, pero también subrayó que el aikido de posguerra ganó desarrollo, difusión y más practicantes que nunca. O sea: el pasado tuvo una exigencia feroz, y el presente abrió otras posibilidades. El problema aparece cuando, en nombre de la accesibilidad, algunos dōjō pierden densidad y se vuelven cómodos, previsibles y blandos. Ahí ya no hace falta llamarlos “del in****no”; alcanza con admitir que dejaron de incomodar lo suficiente como para transformar.
Tal vez la pregunta más fértil sea esta: si hoy entráramos al Kobukan de aquella época, ¿nos parecería un exceso… o nos mostraría cuánto bajó nuestra tolerancia al esfuerzo?
Gabriel Benítez©