03/04/2026
Leí este texto de la AAT y vale la pena volver a recordarlo…
En la antesala del Masters 1000 de Montecarlo, siempre es bueno recordar una de las historias que relató algún tiempo atrás Guillermo Coria al hablar sobre la final que jugó frente a Rafael Nadal en 2005.
En aquel entonces, el Mago ocupaba el puesto 11° del ranking ATP. Era quizás el mejor jugador del momento sobre polvo de ladrillo, más allá de la final que perdió en Roland Garros 2004 ante Gastón Gaudio.
Su objetivo era claro: volver a ser Top 10 después de una artroscopia en el hombro derecho, a fines de 2004. Rafa, con apenas 18 años, ya daba sus primeros pasos previo a convertirse en una leyenda.
En semifinales, Nadal había derrotado a Richard Gasquet, mientras que Coria había dejado atrás al español Juan Carlos Ferrero. Varios años después, el ex capitán de la Selección Argentina de Tenis YPF admitió que prefería enfrentar al francés, ya que él mismo intuía que la primera final de Nadal en Montecarlo iba a ser durísima.
El 8 de mayo de 2005, Nadal termina derrotando a Coria por 6-3, 6-1, 0-6 y 7-5. Fue un partido espectacular, y más al tener en cuenta que el propio Coria precisamente había ganado en el Principado la temporada anterior. Sin dudas, aquel encuentro que duró tres horas y nueve minutos fue uno de los mejores de la historia de este certamen.
El Mago tenía una costumbre antes de las finales: llegar bien temprano al club. Le gustaba que, cuando su rival entrara al vestuario, él ya estuviera ahí: cambiado, entrado en calor, duchado y listo para jugar. Una forma de marcar presencia, de mostrar que la final ya la estaba jugando desde antes.
"Si la final era, no sé, a las 12, a las 9 yo ya quería estar en el club para que mi rival me vea cambiado. Yo pensaba que Rafa iba a llegar a las 9:30, por ahí...", explicó Coria. Pero cuando abrió la puerta del vestuario… ahí estaba Nadal. Cambiado. Preparado. Mentalizado, con toda la determinación del mundo.
“¡Rafa, la p*** madre! ¡Yo quería imponerte respeto!”, recordó el Mago entre risas. Y Rafa le dijo: "¡Pues tío… tú también me dabas respeto!”.
Para Coria, la enseñanza fue clara: el respeto no se gana solo dentro de la cancha. También se construye antes de entrar, en la preparación, en la actitud, en la cabeza con la que cada tenista afronta los partidos.