15/11/2025
Lo que muchas personas no saben del tenis es que cada vez que entras a una cancha empiezas a narrar una historia. Una historia distinta cada día, pero con una esencia que siempre regresa a ti: la de descubrirte.
El tenis tiene tantas lecciones de vida que cuesta explicarlas. Porque en el tenis no se pierde; solo se aprende. Es un deporte para los valientes, pero no por enfrentarse a otro… sino por atreverse a enfrentarse a uno mismo.
El tenis es un deporte solitario, donde no dependes de nadie más que de ti. En él experimentas tus peores emociones… y también las mejores. No importa cuántos años lleves practicándolo: siempre hay algo que mejorar, un detalle que pulir, un gesto que afinar.
Cada partido, cada situación, cada cancha, cada día influye en ti, aun cuando eso parezca no tener nada que ver con el deporte. Porque el tenis es un espejo, y no siempre refleja lo que queremos ver, pero sí lo que necesitamos.
Y si hablamos de enseñarlo… ahí empieza otra historia. Una historia que nace desde el momento en que alguien pisa una cancha por primera vez. Es imposible describir las historias que se tejen detrás de una clase, ni la satisfacción inmensa de ver sonrisas, progresos, pequeños triunfos que para otros pasarían desapercibidos.
No sé si soy más feliz siendo jugadora o entrenadora. Solo sé que ambas cosas llenan mi corazón de una forma que ninguna otra hace. Mi lado científico se enciende al observar que cada persona aprende diferente. Que cada alumno tiene un ritmo, un lenguaje y una forma propia de sentir el tenis.
Allí es donde nace mi verdadero propósito: descubrir qué los mueve, qué los frena, qué los enciende por dentro. Acompañarlos mientras encuentran su propio ritmo, su propia voz, su propio golpe. Guiarlos no solo a jugar mejor, sino a sentirse mejor. Que encuentren un pedacito de sí mismos. Y a confiar en lo que son y en lo que pueden llegar a ser.
Porque el tenis es mucho más que un deporte: es un lugar donde uno aprende a verse, a enfrentarse… y a transformarse.
Y por eso vuelvo a la cancha una y otra vez… porque ahí es donde entiendo quién soy, quién fui y quién quiero ser.