27/02/2026
Sin palabras.
Gracias a todos los padres de familia que hacen esto posible.
Ustedes se merecen todo nuestro respeto.
Un día, después del último out y del último “¡play ball!”, conduciré un coche vacío.
Estará limpio y en silencio, como un estadio cuando se apagan las luces. Seré capaz de escuchar lo que quiera en la radio sin quejas, sin que nadie cambie la estación para poner la canción que cantan camino al entrenamiento. No habrá envoltorios de barras de granola en los portavasos ni migas de galletas pegadas al asiento. No encontraré pelotas de béisbol rodando bajo los asientos ni guantes olvidados en el suelo. El maletero no estará lleno de mochilas, bates, cascos y sillas plegables cubiertas de polvo del diamante.
No habrá discusión en el asiento trasero sobre quién tuvo más turnos al bate o quién hizo la mejor atrapada.
No tendré que apresurarme a otra práctica, ni revisar el calendario de juegos para ver en qué campo nos toca jugar hoy. No habrá uniformes que lavar a última hora ni tacos embarrados esperando en la puerta.
Y creo que podría rompérseme el corazón.
Porque esta etapa —entre carreras hacia el home, partidos bajo el sol y gritos desde las gradas— es caótica y, siendo sincero, muchas veces agotadora. Pero también es mi favorita.
Es el sonido de sus risas después de un homerun.
Es la emoción en sus ojos cuando escuchan su nombre por el altavoz.
Es el orgullo silencioso de verlos crecer, lanzamiento a lanzamiento.
Y está pasando tan rápido.
Así que hoy respiraré hondo, lanzaré otro aperitivo al asiento trasero antes de salir corriendo al próximo juego, y me empaparé del sonido de sus voces hablando al mismo tiempo, discutiendo jugadas, soñando con las Grandes Ligas.
Porque un día, el coche estará limpio.
El maletero estará vacío.
Y daría lo que fuera por volver a encontrar un guante olvidado en el asiento trasero.