15/08/2026
Durante mucho tiempo, cuando veía a otras instructoras de Yoga, pensaba:
“Quizás algún día yo también tenga esa vida.”
Una casa tranquila.
La naturaleza.
La playa.
Tiempo para respirar.
Y después escuchaba:
“Este audio te va a calmar.”
“Esta práctica te ayudará a aliviar el estrés.”
Y algo dentro de mí no conectaba.
Porque yo vivía en Tokyo.
Con el tren lleno, el ruido, las prisas, el trabajo, las responsabilidades y ese reloj que parece correr más rápido que tú.
¿Cómo podía hablar de calma si mi propia vida estaba tan lejos de esa imagen?
Por eso seguí profundizando en el Yoga.
Y mientras más estudiaba, más entendía que el Yoga que yo buscaba no tenía que ver con parecer tranquila.
Tenía que ver con aprender a encontrarme incluso cuando afuera todo está en movimiento.
Mi aprendizaje de los Andes y de Japón también empezó a formar parte de esa mirada.
Y entendí algo:
Quizás necesitaba vivir exactamente esta vida para comprender y enseñar ese Yoga.
Un Yoga más ancestral.
Más conectado con la respiración, con el cuerpo, con la tierra y con eso que solo tú sabes que está pasando dentro de ti.
Hoy podría elegir construir esa imagen de “vida soñada” que tantas veces vi en otras instructoras.
Pero elijo seguir viviendo aquí.
En Tokyo.
Porque ahora sé que la paz que busco no depende de dónde vivo.
Y quizá eso es lo que más quiero enseñarte:
que no necesitas escapar de tu vida para volver a ti.
¿Tú también has sentido alguna vez que necesitas cambiar tu vida para poder sentir paz?