01/09/2026
El Metropolitano Samuel
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corriente a nado. Se dirigían ahora a Belén para venderlas en el mercado negro y habían ido al Mar Mu**to con el fin de abastecerse en la fuente de Ain Freshkha, cuya fresca agua era la única que podía encontrarse en muchos kilómetros a la redonda en región tan caliente, seca y desolada. Era imposible que los descubrieran en esa localidad sin atractivos a la cual nunca iba nadie. Vendieron el contrabando en Belén, donde mostraron los rollos al mercader que los compraba. Éste, no entendiendo de qué se trataba, se negó a pagar las veinte libras que pidieron por ellos. Los beduinos llevaron entonces los rollos a otro mercader, de cuyos artículos se proveían habitualmente. El hombre, que era sirio, pensó que la lengua en que estaban escritos podía ser siriaco antiguo, y, por intermedio de un compatriota, se comunicó con el metropolitano de la iglesia Siria que se encontraba en el monasterio de San Marcos, situado en el Jerusalén Viejo.
El metropolitano Mar Athanasius Yeshue Samuel se mostró muy interesado. Sabía que nadie había vivido en las cercanías de Ain Feshkha desde las primeras centurias cristianas. Además, lo habían impresionado las afirmaciones de los visitantes, quienes decían que los rollos estaban ¨envueltos como momias¨. Cuando le trajeron uno al monasterio, separó un fragmento y lo quemó. Pudo comprobar por el olfato que el material era pergamino o cuero. Reconoció que el texto estaba en hebreo. Sin embargo, no siendo docto en tal lengua, le fue imposible descubrir el sentido del manuscrito. Anunció que compraría los rollos, pero, mientras tanto, los beduinos se habían ausentado para realizar otra expedición. Pasaron algunas semanas. En julio uno de los sirios se comunicó con el metropolitano y le dijo que iría
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con los beduinos para llevarle los rollos. El metropolitano los esperó toda la mañana y finalmente se fue a almorzar. Entonces llegaron los visitantes y fueron despedidos de la puerta. El sacerdote que se había rehusado a recibirlos dijo a Mar Athanasius Yeshue Samuel que algunos árabes de ruda apariencia habían traído unos rollos sucios y viejos y que, como vio que estaban escritos en hebreo y no en siriaco, les había indicado que fueran a la escuela judía. El metropolitano se puso inmediatamente en contacto con el sirio que había traído a los beduinos. Supo con disgusto que éstos, después que los despidieron, habían mostrado los rollos a un mercader judío que encontraron en la Puerta de Jaffa. El mercader les había afrecido un precio que ellos consideraron excelente; pero les había explicado que, para cobrarlo, debían ir a su oficina en la calle de Jaffa, en la Ciudad Nueva, predominantemente judía.
Ahora bien, en el verano de 1947 Jerusalén estaba ya muy dividida a causa de los bando árabes y judíos. En su esfuerzo por favorecer a los primeros y mantenerlos fuera de las manos de Rusia, los británicos habían obstaculizado a los refugiados europeos el desembarco en puertos palestinenses. Esto causó aún mayores dificultades a los emigrantes y provocó también gran número de muertes. En represalia, los judíos organizaron un grupo terrorista que se dedicó a matar soldados ingleses. Los ingleses, por su parte, colgaban a los terroristas. Los judíos se vengaban poniendo bombas y minas, y dejaban la cuerda de un ahorcado en los lugares donde actuaban. Los ingleses secuestraron entonces a un muchacho de dieciséis años, de quien se sospechaba que pertenecía al grupo Stern. Los judíos creyeron que había sido torturado y mu**to; el cadáver nunca fue encontrado. Los terro-
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ristas perforaron con dinamita los muros de la cárcel donde los ingleses habían tenido encerrados a los prisioneros políticos. Algunos de los hombres que participaron en este atentado fueron cogidos y ahorcados. Los judíos, a su vez, colgaron a dos sargentos británicos y sujetaron a uno de los cuerpos una trampa explosiva.
Cuando los rollos fueron puestos en venta, las zonas judías de Jerusalén se encontraban bajo la ley marcial. Como consecuencia, el mercader sirio que quería los rollos para llevarlos al monasterio no tuvo dificultad en convencer a los beduinos de que el mercader judío les tendía una celada y de que, una vez fuera de la base y no bien estuvieran en la calle de Jaffa, los despojarían de su propiedad y los aprisionarían. El sirio mencionó también la ley palestinense según la cual las antigüedades recientemente descubiertas debían declararse de inmediato al gobierno. Indujo además a los beduinos a que dejaran cinco de los rollos en su tienda y los llevaran más tarde al monasterio. Allí los adquirió el metropolitano junto con unos pocos fragmentos. Pagó por ellos un precio que nunca se ha hecho público, pero que, según los rumores, no pasó de cincuenta libras.
Se ha acusado a Mar Athanasius Yeshue Samuel de que procedió con dolo en los tratos referentes a los rollos del Mar Mu**to; pero si a veces ha puesto en práctica algunas estratagemas, creo, sin embargo, que se debió al deseo de no mostrar sus cartas, hecho habitual en el Oriente Medio, donde es requisito mínimo y rutinario que todo negocio se base en una convención de regateo. Yo diría que el metropolitano no pecó de inteligente sino de ingenuo. Veremos más tarde que, a causa de su desconocimiento del mundo occidental, tardó bastante en lograr un
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provecho proporcionado al valor de sus adquisiciones únicas. Sin embargo, es necesario reconocer que merece inmenso crédito, especialmente si se toma en cuenta el capítulo de ineptitud que sigue, por haber tenido el buen sentido de advertir que los hasta entonces desconocidos manuscritos de la deshabitada región del Mar Mu**to resultarían probablemente de interés y por haberse mantenido firme en su convicción a pesar del descorazonamiento.
Con su negra y abundante barba, con sus redondos, grandes y pardos ojos líquidos, con su mitra de raso en forma de cebolla, con sus ropas negras de amplias mangas y con la gran cruz de oro y el icono de la virgen que prenden de su cuello sostenidos por cadenas, el metropolitano, que carece de la grosura y palidez habitual en los sacerdotes, es un hombre notablemente guapo que nos recordaría un bajo relieve asirio, si su expresión no fuera gentil en lugar de cruel. Su porte es digno, sencillo y tranquilo, con algo de infantil. No es en modo alguno un ¨intelectual¨. No tiene especiales intereses eruditos, pero es muy devoto de su Iglesia, la Jacobita Siria, que antecede con mucho a la griega y que se jacta de que su estirpe proviene directamente de la santa sede de Antioquía, fundada por San Pedro, y que dominó en un tiempo todo el Oriente cristiano. Dicha Iglesia es una de las cinco que tienen representación permanente en el templo del Santo Sepulcro, y se supone que el monasterio de San Marcos se encuentra en el lugar que ocupó la casa donde se celebró la Última Cena.
En cuanto el metropolitano Samuel compró los manuscritos hebreos, envió a uno de sus sacerdotes acompañado por el mercader para que comprobara la veracidad del relato acerca de la cueva. La encontraron en el sitio indicado por los beduinos y, en su
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