29/04/2026
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Progresar en Colombia, especialmente en el deporte formativo, muchas veces se siente como remar contra la corriente. No basta con trabajar duro, prepararse o tener una visión clara; también hay que enfrentar una cultura en la que, en ocasiones, los intereses personales pesan más que los procesos, donde la inmediatez parece tener más valor que la construcción a largo plazo y donde el reconocimiento no siempre llega a quien realmente lo merece.
Quienes dedicamos nuestra vida a formar deportistas entendemos que nuestro trabajo va mucho más allá de la cancha. Invertimos tiempo, conocimiento, energía y, muchas veces, recursos propios. Apostamos por sueños ajenos como si fueran propios, acompañamos procesos, corregimos errores, celebramos avances y sostenemos a nuestros jugadores incluso en los momentos más difíciles. Sin embargo, no siempre todos valoran el esfuerzo que hay detrás de cada paso.
A veces, duele ver cómo personas o instituciones aparecen cuando el trabajo ya está avanzado, aprovechando lo que otros sembraron. Duele ver cómo algunos olvidan el lugar donde comenzaron, quién creyó en ellos primero y quién estuvo presente cuando aún no había triunfos que celebrar. Son situaciones que ponen a prueba la convicción y el amor por lo que hacemos.
Pero precisamente ahí reside la verdadera grandeza. Persistir cuando el entorno no siempre acompaña. Mantener los principios cuando sería más fácil ceder. Seguir formando con pasión, incluso cuando el reconocimiento tarda en llegar. Porque al final, el verdadero legado no está en los aplausos inmediatos ni en el crédito que otros quieran atribuirse, sino en cada deportista formado, en cada vida impactada y en cada valor sembrado.
El camino no siempre es justo, pero sí profundamente valioso. Y aunque los obstáculos sean muchos, nada podrá reemplazar la satisfacción de saber que lo construido nació del trabajo honesto, de la perseverancia y de una convicción inquebrantable.
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