18/08/2026
Hay tres posturas que este año me han costado muchísimo.
No porque no las conozca. No porque no las haya practicado antes. Sino porque mi cuerpo está cambiando, y con mi escoliosis cada vez siento con más claridad que el cuidado de mi estructura necesita de mí algo muy concreto: constancia.
Y esto me recuerda algo que comparto muchísimo con mis alumnos y con las personas que se acercan a preguntarme por sus dolores o molestias de espalda:
no hay magia.
Hay cuerpos diferentes, historias diferentes, procesos diferentes. Lo que a una persona le funciona puede no funcionar de la misma manera para otra. Y hay cosas que quizá no podamos cambiar completamente.
Pero sí podemos transformar la manera en que habitamos nuestro cuerpo.
Podemos fortalecerlo. Escucharlo. Cuidarlo. Aprender a reconocer sus límites. Y, sobre todo, podemos trabajar por nosotros mismos, una y otra vez.
En yoga hablamos de tapas: esa disciplina, ese fuego interno que nos mueve a sostener la práctica incluso cuando no es fácil, incluso cuando no vemos resultados inmediatos, incluso cuando nuestro cuerpo nos recuerda que estamos atravesando un proceso diferente.
Y quizás eso sea una de las enseñanzas más profundas del yoga: aceptar aquello que no podemos cambiar y transformar aquello sobre lo que sí tenemos acción.
Muchas veces somos tremendamente disciplinados para todo lo demás.
Para el trabajo.
Para nuestros hijos.
Para la familia.
Para las responsabilidades.
Para cumplirle a todo el mundo.
Pero ¿qué pasa con la disciplina de estar para nosotros mismos?
Quizás el cuidado propio no tenga que ser lo último de nuestra lista.
Quizás tenga que ser el lugar desde donde empezamos.
Estas posturas hoy no son para mí una demostración de perfección. Son un recordatorio de que sigo aprendiendo a habitar mi cuerpo, a escucharlo y a trabajar con él, no contra él.
No se trata de hacerlo perfecto.
Se trata de volver.
De ser constante.
De hacer nuestra parte.
Y desde ahí, poco a poco, descubrir la enorme fortaleza que ya existe dentro de nosotros. 🧘🏻♀️