26/02/2024
Ayer reapareció, después de practicar, un viejo/nuevo dolor.
Lado izquierdo, entre la columna y el omóplato,
allí vive y se levantó, el viejo Gran Dragón.
Así al menos me lo figuré ayer.
Así lo llamé, porque así lo sentí:
un Dragón -me dije -definitivamente,
vive, agazapado, allí.
Las palabras no hacen justicia para explicar cómo,
Cuando el dolor surge,
Cuando el Dragón se despierta y ruge,
Con qué fiereza y violencia, éste me paraliza
Y una súbita descarga eléctrica emprende contra mi espalda el embate,
violenta, aguda e intensa,
Y como un rayo en múltiples direcciones
me atraviesa un dolor tal
que entiendo y coincido con el preocupado Juan:
lo más sensato… pareciera ser parar.
Pero no fue eso, lo que al menos ayer decidí hacer.
Verás, solté todo menos el compromiso de la práctica,
la cual abracé y mi medicina declaré ser.
Vi que la devoción de la práctica residía en hacerla,
soltando el cómo, solo hacerla.
Y al Dragón Blanco le dije mientras rugía,
Que yo a su encuentro insistentemente iba,
Y que no estaba dispuesta a retroceder más
Ni siquiera, ante una ardiente y fogosa agonía.
Aguanté cada embate y respiré,
A los mismísimos ojos del dolor, yo miré.
Entrego y ofrendo también este dolor,
Entrego como ofrenda, también a este día.
Lo entrego como a la práctica,
dejo que ella oficie de guía.
Vivo con una cierta sensación de letanía,
al deseo impuesto,
A la noción de “resultado”,
a la dirección preestablecida.
Y así como el día, que no se la faena que éste implica,
así la práctica, así la vida.
Me despido, me adentro, mar adentro, caverna dentro,
voy al dragón y en sus ojos me vuelvo a ver
y siento,
me detengo,
no sucumbo,
me apresto,
Porque si algo queda en mí,
de la dura guerrera que alguna vez fui,
no son las armas, sino la obstinada convicción
De que hay batallas que estoy dispuesta a enfrentar,
sin duda las del alma, contra viejos demonios, que tanta luz también han de alumbrar,
Siempre y cuando, el paso me deje,
el Viejo Dragón,
finalmente dar.