Durante el siglo III a.c., en Egipto, se dice que se jugó por primera vez a la pelota como parte de un ritual dedicado a la fertilidad. En la Edad Media, hubo muchos caballeros obsesionados por el juego con pelotas, entre ellos, Ricardo Corazón de León; quien llegó a proponer al caudillo musulmán Saladino, que dirimieran sus cuestiones sobre la propiedad de Jesuralén, con un partido de pelota. Gri
egos y Romanos llevaron esta disciplina deportiva a las islas británicas. Y, a fines del siglo XVIII, ya se había convertido en deporte nacional inglés. Al final del siglo XIX, los ingleses, introducen el fútbol en nuestro país tal como lo conocemos en nuestros días. La pelota, esencia de este juego, era fabricada con una cámara de látex recubierta por cuero cocido. Pero, su mayor dificultad, la presentaba su rústico cerramiento con duros tientos que concitaban la queja de quienes la cabeceaban o cuando intentaban seguir su caprichoso rebote en los campos de práctica. En los albores de los años 30, tres pioneros de la fabricación artesanal de pelotas de fútbol, los señores Polo, Valvonessi y Tossolini, de la ciudad de Bell Ville, en la provincia de Córdoba, Argentina; no imaginaban el suceso mundial que produciría su invento, el que mejoraba notoriamente la prestancia armónica de los balones, al cerrar totalmente la cobertura de cuero que protegía la cámara interna con su nuevo dispositivo de válvula. De inmediato el método fue adoptado para las pelotas de rugby, vóley, handball, softball, básquet, etc.